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Se escribe cólgate y se lee Marta, Giulio y Andrea. Se pronuncia cantando, jugando y gritando el triste fracaso de la magia bajo el peso del aburrimiento, la mano que confundes con una caricia y en cambio es una bofetada. La música de Cólgate es una espera impaciente: el momento previo al despegue de un avión, la noche previa a un viaje escolar. Es el latido que vibra entre fronteras provinciales, donde la sospecha de una traición, un adiós repentino o una noche observando el cielo con ojos rojos se convierten en rituales de realismo mágico. Al fondo se alternan imágenes rápidas como en un viejo proyector: la lluvia, el cemento, una sonrisa, un bar, las estrellas. En el cálido abrazo de la mirada emo y el rock alternativo italiano, cólgate son la provincia con su ridícula pomposidad y la metrópoli con su progreso desencantado. Son todo esto, pero sobre todo son una ventana abierta al universo emocional de quienes buscan la poesía en el caos.